Queridos hermanos sacerdotes
El Encuentro internacional “Párrocos para el Sínodo” y el diálogo con quienes han participado en él son para mí una ocasión de recordar en mi oración a todos los párrocos del mundo, a quienes dirijo estas palabras con gran afecto. La Iglesia no podría avanzar sin vuestro compromiso y vuestro servicio. Esto es tan obvio que decirlo parece casi banal, pero no por ello es menos cierto. Por eso quiero ante todo expresaros mi gratitud y estima por el generoso trabajo que realizáis cada día, sembrando el Evangelio en todo tipo de terreno (cf. Mc 4, 1-25).
Como estáis experimentando en estos días de compartir, las parroquias en las que ejercéis vuestro ministerio se encuentran en contextos muy diferentes: desde las que están en la periferia de las megalópolis -las he conocido personalmente en Buenos Aires- hasta las que, tan vastas como provincias, están en las regiones menos densamente pobladas; desde las de los centros urbanos de muchos países europeos, donde las viejas basílicas albergan comunidades cada vez más pequeñas y ancianas, hasta aquellas en las que celebramos bajo un gran árbol y donde el canto de los pájaros se mezcla con las voces de muchos niños...
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