Queridos hermanos y hermanas,
Es para mí una alegría estar con vosotros en la catedral de Roma: el Papa es el obispo de Roma, y yo soy cristiano con vosotros y obispo para vosotros. Agradezco al cardenal vicario las palabras con las que ha abierto este encuentro, que vivo como un gran abrazo del obispo con su pueblo.
Saludo a los miembros del Consejo Episcopal, a los párrocos, a todos los diáconos, a los religiosos y religiosas y a todos los que representáis aquí a vuestras parroquias. Os doy las gracias por la alegría de vuestro discipulado, por vuestro trabajo pastoral, por las cargas que lleváis y las que levantáis de los hombros de las muchas personas que llaman a la puerta de vuestras comunidades.
Las palabras de Jesús a la Samaritana, que acabamos de escuchar en el Evangelio, en este difícil período histórico, se dirigen ahora a nosotros, Iglesia de Roma: «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4,10). A esta mujer cansada, que acude al pozo en la hora más calurosa del día, Jesús le revela que hay un agua viva que sacia la sed para siempre, un manantial que nunca se seca: es la vida misma de Dios donada a la humanidad. Este don es el Espíritu Santo, que apaga nuestras quemaduras e irriga nuestra aridez, iluminando nuestro camino. San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, utiliza también la palabra «don» para designar al Espíritu Santo, el Espíritu creador capaz de renovar todas las cosas.
A través del proceso sinodal, el Espíritu ha suscitado la esperanza de una renovación eclesial, capaz de revitalizar las comunidades para que crezcan en el estilo del Evangelio, en la cercanía a Dios y en una presencia de servicio y testimonio en el mundo.
Tras un largo período de escucha y debate, el fruto del proceso sinodal fue sobre todo un estímulo para valorizar los ministerios y los carismas, inspirándose en la vocación bautismal, poniendo en el centro la relación con Cristo y acogiendo a nuestros hermanos y hermanas, empezando por los más pobres, compartiendo sus alegrías y sus penas, sus esperanzas y sus dificultades. De este modo, se pone de relieve el carácter sacramental de la Iglesia, que, como signo del amor de Dios a la humanidad, está llamada a ser un canal privilegiado para que el agua viva del Espíritu llegue a todos. Esto exige que el pueblo santo de Dios sea ejemplar. Como sabemos, sacramentalidad y ejemplaridad son dos conceptos clave en la eclesiología del Concilio Vaticano II y en la hermenéutica del Papa Francisco. Recordemos hasta qué punto se ha tomado a pecho el tema patrístico del mysterium lunae, es decir, la Iglesia vista en el reflejo de la luz de Cristo, en su relación con Él, sol de justicia y luz de las naciones.